¿Cuántas veces se han quedado paralizadas frente al menú de un restaurante, o peor aún, frente a la decisión de si es momento de cerrar un ciclo personal o profesional? elegir parece algo natural, pero para muchas de nosotras tomar una decisión se siente como escalar el Everest descalzas, pues esto podría ser culpa del cerebro y la toma de decisiones.
El cerebro y las decisiones: razones por las que cuesta hacerlo
¿Por qué nos pasa esto? ¿es falta de carácter o hay algo más profundo en nuestro cerebro y nuestras emociones? aquí vamos a analizarlo para que no les abrume no poder decidir.
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La fatiga de la decisión
Hay que hablar de la fatiga de decisión. El cerebro funciona con energía limitada, desde que abrimos los ojos, estamos eligiendo: qué ropa ponernos, qué desayunar, qué responder en los chats del trabajo. Para cuando llega una decisión importante a las seis de la tarde, nuestra capacidad cognitiva está agotada. No es que no sepamos qué queremos, es que nuestro sistema operativo ya no tiene batería.
El miedo al «costo de oportunidad»
Elegir algo siempre implica renunciar a otra cosa, en psicología, esto se vuelve una tortura cuando nos enfocamos en lo que estamos perdiendo en lugar de lo que estamos ganando. Si decido divorciarme, pierdo la «estabilidad» de la familia tradicional; si decido emprender, pierdo la quincena segura. A veces con la edad, sentimos que el margen de error es más pequeño, y ese miedo a equivocarnos nos deja en un limbo eterno que cansa más que la decisión misma.
El peso de las expectativas ajenas
Muchas de nosotras fuimos educadas para ser «buenas niñas», para complacer y para no hacer olas. Por eso, al tomar una decisión, muchas veces no nos preguntamos «¿qué quiero yo?», sino «¿qué va a pensar mi mamá?», «¿cómo va a reaccionar mi ex?», o «¿qué es lo mejor para mis hijos?». Esa carga de voces externas nubla nuestra voz interna. Tomar una decisión que deseamos, requiere el valor de decepcionar a otros para no fallarnos a nosotras mismas.
La parálisis por análisis
En esta era de la información, creemos que leer un artículo más, que consultar a otra experta o tomar otro taller de desarrollo personal nos dará la respuesta mágica. Pero cuentahabientes, el exceso de opciones y datos satura el pensamiento. Queremos garantías que la vida no ofrece, la realidad es que nunca tendremos el 100% de la certeza; la claridad llega con la acción, no antes de ella.
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Hormonas y decisiones
No podemos ignorar nuestra biología, durante la menopausia o el perimenopausia, los niveles de estrógeno bajan, y eso afecta directamente la claridad mental y la memoria. Si sienten que están en una «neblina mental», no se juzguen. Su cerebro está reconfigurándose, es un momento para ser más compasivas y no forzarse a decidir cosas trascendentales en los días donde el cansancio físico nos rebasa.
¿Cómo empezar a elegir mejor?
- Regla de los 2 minutos: si la decisión es pequeña, elíjanla en menos de dos minutos. Entrenen su músculo de determinación con cosas irrelevantes, porque a veces hasta decidir que ponerse se vuelve un drama innecesario, elijan sus batallas cuentahabientes y no terminen ahogadas en un vaso de agua.
- Limiten sus opciones: no busquen entre 50 opciones; elijan 2 finalistas y decidan sobre esas.
- Prioricen su tranquilidad: pregúntense: «¿cuál de estas opciones me permite dormir tranquila hoy?». No siempre se tiene que buscar la felicidad eterna a veces está bien buscar la paz inmediata.
No decidir también es una decisión, y suele ser la más costosa porque dejamos que la vida o los demás elijan por nosotras, así que no se preocupen demasiado, al final verán como resuelven si es que tomaron una mala decisión.
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