Vamos a tocar un tema que nos mueve las fibras más sensibles: la forma en que nuestros hijos perciben y habitan este mundo y el Asperger.
Cada 18 de febrero se conmemora el Día Internacional del Asperger. Es una fecha que no solo sirve para marcar el calendario, sino para abrir los ojos, el corazón y, sobre todo, la mente.
Muchas de ustedes están en plena crianza, apoyando a sus parejas o incluso dándose cuenta de que esas «rarezas» que sintieron toda la vida tienen un nombre y una explicación: la neurodivergencia.
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¿De qué hablamos cuando hablamos de Asperger?
Lo primero que tenemos que grabarnos a fuego es que el Asperger no es una enfermedad. Por favor, quitémonos esa idea de la cabeza. Es una condición del neurodesarrollo que se encuentra dentro del Espectro Autista.
No es algo que se «quite», ni que se «cure» con terapias intensivas que busquen «normalizar» a la fuerza a una persona. Se trata, simplemente, de una forma distinta de procesar la información, de sentir y de ver el mundo. Es como si el sistema operativo del cerebro tuviera una configuración diferente, pero igual de válida y funcional.
Las cifras que debemos conocer
A veces pensamos que somos las únicas pasando por esto, pero los datos nos dicen otra cosa. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que, aproximadamente, uno de cada 160 niños a nivel mundial tiene un Trastorno del Espectro Autista (TEA).
En nuestro país, la situación es aún más cercana: uno de cada 115 niños vive dentro del espectro autista, según datos de la Asociación de Asperger en México. Esto significa que en el salón de clases de sus hijos, en el parque o en su propia familia, hay mentes brillantes que procesan la realidad de una manera única.
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¿Cómo detectar si mi hijo tiene Asperger?
Identificar esta condición a tiempo es el mayor acto de amor que podemos tener, porque nos permite darles las herramientas necesarias para que brillen sin ser juzgados. Aquí les dejo los signos y síntomas más comunes que deben observar:
- Tendencia a la inmadurez social: Pueden parecer más «pequeños» emocionalmente que sus amigos de la misma edad.
- Preferencia por los adultos: Es muy común que las y los menores se relacionen mejor con gente mayor que con sus pares, porque los adultos suelen ser más predecibles en su trato.
- Retrasos en la motricidad: A veces notamos que son un poquito más «torpes» al correr, saltar o en actividades que requieren mucha coordinación fina.
- Preocupaciones peculiares: Pueden obsesionarse con temas muy específicos (dinosaurios, trenes, mapas, el espacio) y saber absolutamente todo sobre ellos.
- Dificultad con la empatía social: No es que no sientan, cuentahabientes, es que les cuesta mucho trabajo demostrar esa empatía de la forma «tradicional» o leer las señales sociales de los demás.
El camino hacia el apoyo: tratamientos y terapias
Si ya tienen un diagnóstico, respiren. El mundo no se acaba, ¡apenas empieza una nueva forma de entenderlo! El tratamiento es totalmente personalizado, porque cada niño es un universo. Dependiendo de los síntomas y la edad, algunas opciones son:
- Intervenciones educativas especializadas: Para que la escuela sea un lugar de gozo y no de estrés.
- Entrenamiento en habilidades sociales: Ayudarlos a navegar esas aguas de la interacción que a veces les resultan tan confusas.
- Terapias del lenguaje: No solo para hablar, sino para entender los matices de la comunicación.
- Integración sensorial u ocupacional: Fundamental para quienes sienten los ruidos, las texturas o las luces de forma mucho más intensa.
- Psicoterapia: Especialmente la cognitivo-conductual, que es una joya para los adultos que están descubriendo su neurodivergencia.
Es importante mencionar que, en algunos casos muy específicos, se pueden utilizar apoyos químicos para manejar la ansiedad o la falta de concentración, siempre bajo la supervisión de expertos en salud.
La inclusión empieza en casa
Cuentahabientes, la verdadera inclusión no es solo «aceptar», es entender que no todos los cerebros funcionan igual y que eso está perfecto. Ser neurodivergente puede ser limitante en una sociedad que no está diseñada para ellos, pero no es algo malo.
Si tienen a alguien cercano con esta condición, lo mejor que pueden hacer es educarse, respetar sus tiempos y sus formas, y entender que todos tenemos diferencias que nos hacen valiosos.
Al final del día, desparasitar nuestra mente de prejuicios y etiquetas es lo que nos permitirá construir un entorno más sano para nuestros hijos.