Aceptémoslo, a todas nos encanta pero que siempre nos han dicho que es «pecado social», pero ¿qué pasa en el cerebro de los chismosos? Les vamos a contar y hasta de que nos sirve de manera evolutiva.
No se asusten, no estamos hablando de intrigas malintencionadas para dañar a alguien, sino de esa necesidad humana de compartir información sobre lo que pasa en nuestro entorno.
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¿Qué pasa en el cerebro de los chismosos?
Ya sea que estemos en medio de un divorcio y necesitemos saber cómo le fue a la vecina en su proceso, o que estemos emprendiendo y queramos saber qué estrategias le funcionaron a la competencia, el chisme está ahí. Pero, ¿se han preguntado qué le pasa a su masa gris cuando sueltan el «¡No saben de lo que me enteré!»?
El chisme es un «pegamento social»
Cuentahabientes, desde un punto de vista evolutivo, el chisme no es pérdida de tiempo. El antropólogo Robin Dunbar dice que el chisme es para los humanos lo que el acicalar es para los primates.
Cuando compartimos información sobre otros, estamos fortaleciendo vínculos. Al chismear, nuestro cerebro libera oxitocina, la famosa hormona del amor y la confianza. Por eso, después de una buena plática con las amigas, se sienten mucho más conectadas y relajadas.
Ese bienestar al platicar viene directo del chisme
¿Han sentido esa urgencia inmediata de contar algo que saben?, eso es gracias al sistema de recompensa del cerebro. Cuando poseemos información privilegiada y la compartimos, el núcleo accumbens se activa y nos regala una dosis de dopamina. Nos hace sentir importantes, valiosas y, sobre todo, integradas, es un mecanismo de placer natural que nos motiva a mantenernos informadas sobre nuestra comunidad.
Aprendizaje en cabeza ajena
A veces preferimos aprender de los de las demás, el cerebro utiliza el chisme como una herramienta de aprendizaje social. Cuando nos enteramos de que alguien tuvo un problema por una mala decisión financiera o una relación tóxica, nuestra corteza prefrontal procesa esa información como una advertencia. Básicamente, el chisme nos ayuda a navegar las reglas sociales sin tener que pasar por el golpe nosotras mismas.
¿Por qué nos gusta el chisme «negativo»?
No es que seamos malas personas, es que nuestro cerebro está programado para la supervivencia. La amígdala, que es como nuestra alarma interna, pone mucha más atención a la información negativa porque representa una posible amenaza para el grupo.
Saber quién no es de fiar o quién rompió las reglas de la comunidad nos ayuda a protegernos, es un mecanismo de defensa que viene desde las cavernas.
El efecto en el cortisol
Aquí es donde deben tener cuidado, si el chisme se convierte en una herramienta de agresión o si viven en un ambiente de constante intriga, los niveles de cortisol (la hormona del estrés) se disparan.Un chisme divertido une, pero un chisme malintencionado enferma la mente.
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El chisme como herramienta de bienestar
Cuentahabientes, la clave está en el equilibrio, no utilicen la información para destruir, sino para conectar. El chisme «bueno» es una de las formas más rápidas de generar empatía.
En lugar de sentir culpa la próxima vez que se reúnan a platicar, entiendan que su cerebro está haciendo su trabajo: buscando cohesión, seguridad y aprendizaje. Al final del día, estar informadas sobre nuestro círculo social nos hace sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotras mismas.