Estamos arrancando un nuevo año y, como ya es costumbre, nos bombardean con ese mensaje casi automático de “suelta para recibir”, pero eso puede llevarnos a la nostalgia de lo perdido.
Seguro lo han escuchado en todos lados: “deja ir para que llegue lo nuevo”, “despréndete de todo y el universo te lo devolverá multiplicado”. Suena increíblemente atractivo, casi como una receta mágica de bienestar espiritual, pero hoy quiero que nos detengamos un segundo a cuestionar esa idea.
El problema real, cuentahabientes, es que no todo lo que se suelta debería soltarse, y definitivamente no todo lo que llega tiene más valor que lo que acabamos de perder. Vivimos en una cultura que está enferma de «recibir»; queremos más éxito, más oportunidades, más experiencias deslumbrantes, pero rara vez nos ponemos a pensar en el costo invisible de ese impulso. El gran riesgo de querer recibirlo todo es que no tenemos ni la menor idea de qué es lo que viene después.
El peligro de soltar sin filtro
Cuando nuestro programa de “soltar” no tiene un gramo de discernimiento, terminamos lanzando por la borda cosas que eran profundamente valiosas: momentos que no se repiten, relaciones que nos sostenían, etapas de crecimiento personal y personas que simplemente no regresan. Muchas de nosotras cargamos con arrepentimientos silenciosos. No son arrepentimientos por haber hecho algo «malo», sino por lo que no estuvimos presentes.
¿Les ha pasado? Ese cumpleaños al que no fueron por «chamba», el nacimiento de un sobrino o un hijo que vieron a medias por estar pegadas al celular, o esa amistad que dejaron enfriar porque estaban muy ocupadas persiguiendo «lo nuevo». Con el paso de los años, la vida nos cachetea con una verdad incómoda: eso que soltamos sí valía la pena.
Sabiduría milenaria para el hoy
La Biblia es brutalmente honesta con esta tensión. No se dedica a romantizar el pasado ni a idealizar el futuro, sino que nos jala de regreso al único lugar donde realmente podemos existir: el hoy. Hay un pasaje que me fascina y que todas deberíamos tatuarnos en el alma: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” (Salmos 90:12).
Fíjense bien, no dice que contemos años, sino días. Los años que ya se fueron ya no nos pertenecen, y los que vienen ni siquiera están en nuestras manos. Lo único real es este día. Jesús mismo lo decía: “No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal” (Mateo 6:34). No es un permiso para ser irresponsables, es un llamado a la conciencia. Cuando el afán por el futuro nos consume, nos roba la presencia en el presente, y es ahí donde perdemos lo más valioso sin darnos cuenta.
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¿Qué es lo que realmente no se negocia?
Salomón, un hombre que tuvo absolutamente todo —poder, dinero, placer y conocimiento— llegó a una conclusión que nos debería poner a pensar: lo verdaderamente bueno es disfrutar del fruto de nuestro trabajo todos los días de nuestra vida, porque esa es nuestra parte (Eclesiastés 5:18). No es conformismo, es aprender a gozar lo que está frente a nosotras hoy.
Aquí es donde les pregunto, cuentahabientes: ¿Qué es lo importante para ustedes? Muchas personas van por la vida reaccionando en lugar de decidir, porque no han definido qué valores gobiernan su existencia. No han establecido qué es sagrado, qué no se negocia y qué merece su atención total. La Biblia nos invita a tener una “constitución interior”. En Proverbios 4:23 leemos: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida”. Guardar el corazón no es cerrarse al mundo, es proteger lo que le da sentido a nuestra esencia.
Jesús lanzó una pregunta que es la reflexión humana definitiva: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?” (Marcos 8:36). ¿Qué ganan cuando lo tienen «todo», pero han perdido lo que las hacía ser ustedes mismas?. Para Dios, hay cosas que tienen un peso eterno y que no deberíamos soltar por nada:
- La fe y el amor.
- La familia y la fidelidad.
- La justicia y la misericordia.
- El tiempo bien vivido.
Un ejercicio de conciencia
Imaginen por un momento que pueden ir con Dios y pedirle que les devuelva un solo instante: un abrazo que no dieron, una conversación pendiente o un tiempo que desperdiciaron. Él accede, pero con una condición: es un intercambio. Para recuperar ese momento, tienen que entregar algo de igual o mayor valor que tengan hoy. ¿Qué pondrían sobre la mesa?.
Este ejercicio no es para ponernos tristes, sino para darnos cuenta de que todavía hay «hoy». Todavía podemos vivir con intención. Pablo lo resumió perfecto: “Aprovechando bien el tiempo” (Efesios 5:16). Y ojo, aprovechar el tiempo no es atascar la agenda de citas y pendientes, es llenar cada minuto de sentido.
Quizá este inicio de año no se trate de soltar, sino de aprender a retener lo que da vida y lo que nos hace sentir gratitud en lugar de arrepentimiento. Porque al final, no seremos medidas por cuánto recibimos, sino por qué tanto supimos valorar lo que tuvimos en las manos. La verdadera tragedia no es perder algo, es perder aquello que nunca debimos haber dejado ir.
Mauricio Sánchez Scott. Pastor cristiano y Presidente de la Academia Nacional de la Música y Artes Cristianas. Predica el servicio en la Comunidad Cristiana VEA.
TW: @mauriciosscott // TikTok: Mauricio S. Scott // Host del Podcast Búsqueda Interior, una producción de Martha Debayle en Spotify y plataformas digitales.