Hay microduelos que parecen invisibles, pero en realidad lo son, especialmente para quien lo pierde. Pero ¿por qué no nos lo reconocen? Mario Guerra nos explica.
Muchos de los duelos que nos pasan en la vida, no son tan importantes para las personas a nuestro alrededor y estos se llaman microduelos, pero además de ser válidos, debemos de reconocerlos en la vida diaria y de eso les vamos a explicar aquí.
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Microduelos invisibles: el peso de la pérdida de fe
Cuando escuchamos la palabra «duelo», automáticamente pensamos en la muerte de alguien cercano, en un divorcio o en una tragedia. Pero la realidad es que la vida está llena de pequeñas pérdidas cotidianas que nos duelen, y como no vienen con un manual de «esto amerita estar triste», terminamos invalidándonos. Nos decimos cosas como «no es para tanto» o «hay gente que está peor», y seguimos adelante cargando un peso que nadie más ve.
Los microduelos son exactamente eso: respuestas emocionales reales ante pérdidas que la sociedad considera «menores». Son invisibles porque no tienen ritual de despedida. Nadie te manda un arreglo floral cuando tu hijo adolescente deja de contarte sus cosas. Nadie te da el pésame cuando esa amistad de años simplemente se enfría sin explicación. No hay velorio para la versión de ti que tenías a los 30 y que ya no existe.
Algunos tipos de microduelos que no tomamos en cuenta
- Pérdidas relacionales silenciosas: esa amistad que no terminó con una pelea, simplemente dejaron de buscarse. El grupo de chat que antes estaba activo todo el día y ahora lleva meses en silencio. La relación con un familiar que se fue distanciando sin que nadie dijera nada. No hubo ruptura oficial, solo un desvanecimiento lento que duele precisamente porque no hay nada concreto a qué aferrarse.
- Pérdidas de identidad y etapa. Mirarte al espejo y no reconocer del todo a la persona que te devuelve la mirada. La jubilación que, aunque deseada, te quita una estructura que te definía. El cambio de casa donde dejas una cocina que fue testigo de miles de conversaciones. El ascenso laboral que celebras, pero que también significa perder a los compañeros con los que tomabas café.
- Pérdidas de expectativas: el proyecto profesional que no se concretó, el viaje que se canceló, la vida que imaginabas tener a esta edad y que resultó ser completamente diferente. No estás llorando algo que perdiste, estás llorando algo que nunca llegó.
- El nido vacío progresivo, que no empieza cuando los hijos se van de casa, empieza mucho antes. Cuando dejan de pedirte que les leas un cuento. Cuando ya no quieren que los acompañes a la escuela. Cuando sus planes del fin de semana ya no te incluyen. Cada una de esas transiciones es un pequeño duelo.
- Microduelos en las relaciones de pareja que siguen vigentes. Cuando tu relación deja de ser lo que era, aunque sigan juntos. Cuando extrañas la versión anterior de tu pareja, la que existía antes de que la rutina, los problemas o el tiempo la cambiaran. Sigues con alguien, pero a veces sientes nostalgia por cómo eran antes.
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El peligro de ignorar los microduelos
Un microduelo aislado no te tumba. Pero veinte microduelos acumulados sin procesar se convierten en una mochila emocional que cada vez pesa más. Es lo que algunos llaman «muerte por mil cortes»: ninguna herida es mortal por sí sola, pero juntas pueden desangrarte emocionalmente.
El problema más grande es la invalidación. Como «no es para tanto», no te das permiso de estar triste. Y cuando niegas una emoción legítima, esta no desaparece, solo se transforma. Esa tristeza no procesada puede convertirse en irritabilidad constante, en un vacío que no sabes explicar, en ansiedad flotante o en esa sensación de que algo te falta aunque «tengas todo».
Y cuando no lo verbalizamos, el cuerpo habla. La gastritis que no se va, el insomnio que apareció «de la nada», los dolores de cabeza recurrentes. Tu cuerpo está procesando lo que tu mente se niega a reconocer.
4 herramientas para procesar tus microduelos
Aquí viene la parte práctica, porque reconocer el problema es solo el primer paso.
- Nombra lo que perdiste: Parece simple, pero es poderoso. Di en voz alta o escribe: «Me duele que mi amiga ya no me busque», «Extraño cuando mi hijo me contaba todo», «Me entristece que mi cuerpo ya no sea el de antes». Ponerle nombre a la pérdida es el primer paso para dejar de cargarla en silencio. No estás exagerando, estás siendo honesto contigo.
- Crea tu propio ritual de despedida: Como no hay funerales para estas pérdidas, inventa el tuyo. Puede ser escribir una carta de despedida que no vas a enviar. Puede ser guardar un objeto simbólico en una caja especial. Puede ser dedicar diez minutos a sentir esa nostalgia sin juzgarte, permitirte estar triste y luego soltar. Los rituales existen porque el ser humano necesita marcar los finales para poder empezar de nuevo.
- Cambia la narrativa: Deja de ver estas pérdidas como fracasos personales y empieza a verlas como el costo inevitable de estar vivo y evolucionar. Todo cambio implica una pérdida, incluso los cambios positivos. Cuando te casas, pierdes cierta libertad individual. Cuando tienes hijos, pierdes tiempo para ti. Cuando creces, pierdes la ingenuidad. No significa que esas decisiones fueron malas, significa que la vida es así: ganas algo, pierdes algo. Eso no es pesimismo, es realismo que libera.
- Busca empatía y conexión: A veces lo único que necesitas es que alguien te diga «te entiendo, yo también me sentiría así». Habla con alguien de confianza sobre lo que estás sintiendo, no para que te resuelvan nada, solo para que te acompañen. La tristeza compartida pesa menos. Recuerden que somo seres sociales.
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¿Qué puedes aprender de tus pérdidas?
Cada microduelo, si lo miras con curiosidad en lugar de resistencia, tiene algo que enseñarte. La amistad que se enfrió puede mostrarte qué tipo de conexiones realmente quieres cultivar. La pérdida de una expectativa puede obligarte a cuestionar si esa expectativa era realmente tuya o heredada. El nido que se vacía poco a poco puede invitarte a redescubrir quién eres más allá del rol de madre o padre.
Las pérdidas, incluso las pequeñas, nos muestran qué es verdaderamente importante para nosotros. Son como pequeños espejos que nos muestran nuestros apegos, nuestras necesidades no expresadas, nuestros miedos. Si te animas a mirar de frente lo que perdiste, también puedes descubrir qué es lo que realmente quieres conservar, construir o buscar.
En conclusion…
No hay dolor pequeño si es el tuyo. Esa frase que te dices de «no es para tanto» es exactamente lo que te impide procesar y soltar. Atender estos microduelos invisibles no es hacerte la víctima ni exagerar, es una forma de higiene emocional. Es evitar que la tristeza se acumule hasta que un día explotes por algo aparentemente insignificante y no entiendas por qué.
La próxima vez que sientas esa melancolía sin nombre, en lugar de ignorarla o juzgarte por sentirla, pregúntate: ¿qué perdí que no me he permitido despedir? Puede ser algo «pequeño». Puede ser algo que pasó hace años. Puede ser algo que nadie más entendería.
Pero si te duele, merece tu atención. Porque la salud mental también se cuida en los detalles, y a veces las heridas más profundas son las que nadie puede ver.
Especialista: Mario Guerra. Psicoterapeuta, tanatólogo, coach ontológico, hipnoterapeuta certificado internacionalmente, conferencista y nuestro rockstar del amor.
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