Les vamos a contar todo sobre el burnout parental y cómo entender que no estamos solas y no estamos locas, ¡solo cansadas!
Durante años nos la pasamos hablando del famosísimo burnout laboral, de cómo las oficinas, los jefes demandantes y las jornadas eternas nos dejaban absolutamente exprimidas. Pero hoy, los psicólogos están poniendo el foco en un tipo de agotamiento muchísimo más silencioso, profundo y que va peligrosamente en aumento: el parental burnout. Se trata de un síndrome de estrés crónico relacionado única y exclusivamente con la crianza.
Y a ver, cuentahabientes, aclaremos algo desde este preciso momento para quitarnos culpas absurdas de la espalda: padecer esto no significa, bajo ninguna circunstancia, que no quieran a sus hijos. Significa, simple y llanamente, que el nivel de exigencia física, emocional y mental al que están sometidas todos los días ha superado por mucho los recursos y la energía que tienen para enfrentarlo.
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¿Qué es exactamente el parental burnout?
Este fenómeno es un estado de agotamiento extremo provocado de forma específica por el rol de madre o padre, y es completamente diferente al cansancio normal de criar. Fue descrito formalmente por las investigadoras Isabelle Roskam, profesora de Psicología del Desarrollo y de la Familia, y Moïra Mikolajczak, profesora de Psicología, ambas de la Université de Louvain en Bélgica. Ellas llevan más de una década estudiando este monstruo de la vida moderna y descubrieron cuatro características principales que lo definen.
Primero, un agotamiento físico y emocional verdaderamente intenso; segundo, la dolorosa sensación de sentir que ya no son el padre o la madre que antes eran; tercero, un distanciamiento emocional evidente de los hijos; y cuarto, la terrible sensación de estar actuando todo el tiempo en automático, únicamente para cumplir con el expediente. No están simplemente cansadas, cuentahabientes, es sentir que cada bendito día de crianza se convirtió en un maratón eterno sin línea de meta.
Las cifras demuestran que esto no es un problema aislado de las que se quejan por todo. Estudios realizados en más de 40 países calculan que entre el 5 y el 9 por ciento de los padres presentan niveles clínicos de este síndrome, y en los países occidentales con niveles de exigencia brutales, la cifra roza el 10 por ciento.
Además, tras la pandemia, las investigaciones documentaron un aumento dramático debido al trabajo remoto y la sobrecarga doméstica. Y adivinen qué: las mujeres seguimos reportando niveles mucho más altos de agotamiento, principalmente porque continuamos asumiendo la mayor parte del trabajo invisible del hogar.
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La trampa de la hiperexigencia y la pérdida de la tribu
¿Por qué nos está pasando esto ahora mismo? La respuesta está en la cultura de los padres hiperexigentes. Hoy existe una presión monumental por ser absolutamente perfectas: pacientes, presentes, conscientes, creativas, saludables, emocionalmente disponibles, exitosas profesionalmente, con una pareja de revista, haciendo ejercicio diario, alimentando a la familia con productos cien por ciento orgánicos, limitando las pantallas a cero y organizando agendas extracurriculares dignas de un ejecutivo de Wall Street.
En la psicología esto se conoce como intensive parenting o crianza intensiva. Es la falsa idea de que cada minuto de la vida de un niño debe ser estimulado, supervisado y optimizado por los adultos. Entonces, si el niño se aburre, la culpa es de ustedes; si no desarrolla una habilidad a los tres años, también; y si pasa tiempo frente a una pantalla, sumen otra culpa más a la lista.
A esto hay que añadirle el veneno de las redes sociales como Instagram o TikTok, que todo el tiempo nos escupen una versión completamente editada y falsa de la maternidad, llena de casas impecables, niños sonrientes, loncheras que parecen obras de arte y mujeres perfectamente arregladas sin una sola ojera.
Nos comparamos constantemente y terminamos sintiendo que lo estamos haciendo peor que los demás. Por si fuera poco, hoy vivimos con menos tribu que nunca; las familias habitan lejos de abuelos, tíos o vecinos, por lo que una o dos personas terminan haciendo el trabajo de contención que antes realizaban varias generaciones juntas.
La insoportable carga mental y las señales de alerta
Cuentahabientes, a nosotras no solo nos cansa cambiar pañales, hacer de comer o llevar a los niños a la escuela. Existe una enorme carga mental invisible que los psicólogos llaman mental load, y es la verdadera responsable de que el cerebro prácticamente nunca descanse.
Esta carga incluye el desgaste de recordar absolutamente todo: las vacunas, los cumpleaños, los uniformes limpios, las tareas del colegio, las citas con los especialistas, los permisos firmados, los festivales, la lista del supermercado y, además, gestionar las emociones del niño y sus conflictos escolares.
Si se están preguntando si ya cayeron en este abismo, analicen estas señales de alerta. El agotamiento extremo provoca que el sueño ya no recupere nada de energía. También aparece una irritabilidad constante, con explosiones de enojo por cosas mínimas, y un profundo sentimiento de sentirse atrapadas, deseando escapar a una isla desierta, lo cual genera una culpa permanente de forma inmediata.
Finalmente, surge la despersonalización, que es interactuar con sus propios hijos casi como si fueran una obligación laboral de la que ya quieren renunciar.
El gran enemigo aquí es la culpa. Muchas de ustedes creen que admitir este nivel de agotamiento las convierte automáticamente en malas madres, cuando ocurre exactamente lo contrario: reconocer que ya no pueden más es el único camino para intervenir antes de que aparezcan consecuencias graves como la ansiedad, la depresión, los conflictos severos de pareja, los gritos frecuentes, la negligencia involuntaria o el consumo excesivo de alcohol para intentar evadir la realidad.
Los estudios demuestran que el riesgo aumenta si tienen rasgos perfeccionistas, falta de apoyo familiar, crianza en solitario o si pasan por jornadas laborales eternas combinadas con poco tiempo para ustedes mismas. No depende de cuántos hijos tengan, sino del terrible desequilibrio entre las demandas del día y sus recursos reales.
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¿Cómo resetear la dinámica familiar antes de colapsar?
La solución que proponen los investigadores no es que intenten ser mejores de lo que ya son, sino reducir urgentemente ese desequilibrio. Es momento de aplicar estas cuatro estrategias de supervivencia emocional:
- Bajar el estándar de perfección: Los niños no necesitan superhéroes perfectos, necesitan adultos suficientemente disponibles y en paz. La psicología respalda desde hace décadas el concepto del good enough parent propuesto por Donald Winnicott: un padre o madre suficientemente bueno favorece un desarrollo completamente sano sin necesidad de aspirar a una perfección que no existe.
- Recuperar espacios propios: Dedicarse veinte minutos diarios para salir a caminar a solas, hacer ejercicio, leer o tomarse un café en absoluto silencio no es un lujo egoísta, cuentahabientes, es mantenimiento emocional básico para mantener la cordura.
- Repartir la carga mental de verdad: No se trata de que su pareja les diga la típica frase de «solo dime qué hago», porque eso las mantiene a ustedes como las directoras generales del proyecto. Se trata de dividir la responsabilidad de recordar y planificar las cosas para aliviar el peso en el cerebro.
- Pedir ayuda y hablar del tema: Delegar no es un fracaso, es construir una red de apoyo inteligente. Además, el silencio alimenta la culpa, por lo que normalizar estas conversaciones con sus amigas y parejas es vital para detectar el problema antes de que se vuelva completamente incapacitante.