Seguramente están agotadas de la chamba, respondieron más de 80 correos, asistieron a seis juntas eternas, resolvieron mil crisis de último minuto, entregaron proyectos, hicieron algo de ejercicio, atendieron a la familia, cenaron y, al momento de acostarse y poner la cabeza en la almohada, se cacharon pensando: «Ay, no puede ser, hoy de verdad no hice nada».
¡Qué fuerte! ¿Les ha pasado? Porque en el mundo de los Recursos Humanos y el wellness laboral está surgiendo un fenómeno cada vez más visible que nos está robando la paz mental. Estamos hablando de personas sumamente exitosas, brillantes y altamente eficientes que viven con la sensación permanente de estar quedándose atrás.
A esto se le conoce en el mundo anglosajón como «Productivity Dysmorphia» o dismorfia de productividad. Hoy les voy a contar de qué se trata este mal moderno, por qué nos está atacando tanto y cómo podemos hackearlo para recuperar nuestra tranquilidad.
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¿Qué es exactamente la dismorfia de productividad?
Oigan, para que quede clarísimo: esto no es un diagnóstico clínico que van a encontrar en los manuales de psicología, sino un concepto brillante que se utiliza para describir la percepción completamente distorsionada que tenemos de nuestro propio desempeño laboral y personal.
Es un concepto muy similar a lo que vive una persona con dismorfia corporal, que se ve al espejo y percibe una imagen «insuficiente» o distorsionada que no empata con la realidad objetiva. La enorme diferencia es que aquí, cuentahabientes, ¡nuestro espejo es la productividad!
El término «Productivity Dysmorphia» fue acuñado por la maravillosa periodista y escritora británica Ana Codrea-Rado. Ella empezó a notar cómo una cantidad impresionante de profesionales ultra exitosos experimentaban una desconexión total entre sus logros reales y cómo se sentían con respecto a su rendimiento.
Codrea-Rado explica que es una incapacidad brutal de reconocer los propios éxitos, donde la ecuación mental que nos imponemos es destructiva: «Mi valor como persona depende única y exclusivamente de cuánto produzco; y como técnicamente siempre es posible hacer más, entonces lo que hago nunca, jamás, es suficiente.»
La cultura del «hustle» y los estándares imposibles
A ver, la culpa no es de la productividad en sí, sino de los estándares irreales con los que nos medimos todos los días. Hace apenas unos 30 años, la gente terminaba su jornada de trabajo, apagaba la oficina y el trabajo se quedaba guardado bajo llave hasta el día siguiente.
Hoy, gracias a la tecnología, compiten las 24 horas del día contra un monstruo de mil cabezas:
- Compañeros hiperproductivos presumiendo éxitos irreales en LinkedIn.
- Emprendedores que juran y perdonan que trabajan 18 horas diarias sin pestañear.
- Influencers que tienen tres negocios, un podcast, hacen ejercicio a las 5:00 de la mañana, meditan y además tienen la cara perfecta.
- Herramientas digitales que las mantienen conectadas en cualquier lugar del planeta y a cualquier hora.
- Inteligencias artificiales que resuelven tareas complejas en cuestión de segundos.
Lamentablemente, la cultura del «hustle» (el andar en chinga todo el día, para decirlo claro) creó una ansiedad colectiva espantosa. Glorificamos el dormir poco, presumir la agenda saturada y contestar mensajes a medianoche. Estar exhaustas se convirtió en un símbolo de estatus e importancia. Ya ni siquiera nos preguntamos ¿cómo estás?, sino que respondemos con orgullo: ¡Estoy hasta arriba de trabajo!, como si eso fuera sinónimo de éxito absoluto.
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Los tres sesgos mentales que les están jugando chueco
¿Por qué nuestra mente nos traiciona de esta manera? Los especialistas explican que existen tres sesgos cognitivos muy claros que alimentan la «Productivity Dysmorphia»:
El sesgo de adaptación
Las personas nos acostumbramos ridículamente rápido a nuestros propios logros. Ese ascenso que tanto deseaban o el aumento salarial que persiguieron por meses les da un subidón de felicidad que dura apenas unas semanas. El cerebro borra el proyecto exitoso en días y establece un nuevo estándar inmediato: «Sí, ya entregué esto, pero ya debería estar cerrando lo que sigue». La línea de meta se mueve sola.
El sesgo de comparación social
Tendemos a comparar nuestro «detrás de cámaras» lleno de dudas, cansancio y café, con el «escenario principal» y perfectamente editado de los demás en redes sociales. Pensamos: «Yo apenas acabé mi reporte y ella ya lanzó su segundo negocio», pero ignoramos por completo que los contextos, los privilegios, los recursos y los sacrificios de cada persona son radicalmente distintos.
El sesgo de las tareas invisibles
Nuestro cerebro ama lo tangible (como tachar un pendiente de la lista). Sin embargo, las labores más estratégicas e importantes suelen ser invisibles: resolver un conflicto entre colaboradores, entrenar a alguien nuevo, pensar la estrategia del próximo año o tomar una decisión compleja. Como esto no genera una evidencia física inmediata, el cerebro simplemente lo descuenta y asume que «no hicimos nada».
Tres historias de terror cotidiano (¿Se identifican, cuentahabientes?)
Para que vean que esto nos pasa a todas en diferentes niveles, miren estos tres perfiles tan comunes:
- Laura (La directora ejecutiva): Dirige a un equipo enorme de 30 personas. En un solo día resolvió una crisis monumental con un cliente, entrevistó candidatos clave, salvó el presupuesto del trimestre y evitó que se fuera un talento valiosísimo. Al salir de la oficina se va frustrada pensando: «Qué pésimo día, no pude avanzar nada de mi presentación de PowerPoint».
- Carlos (El empleado remoto): Trabaja desde su casa. Cerró dos contratos importantes, mandó 65 correos y armó un análisis financiero impecable. Pero como estuvo solo en su escritorio, nadie lo vio y no recibió una validación externa, apaga la computadora sintiendo que desperdició el día porque no tuvo juntas.
- Mariana (La mamá profesionista): Salió corriendo de trabajar, recogió a los niños, resolvió las compras del súper, supervisó las tareas escolares y cocinó. Al acostarse se siente frustrada y culpable con el pensamiento: «No fui al gimnasio ni avancé en mi curso en línea, qué floja soy».
Las señales de alerta: ¿Tienen dismorfia de productividad?
Hagan un examen de conciencia express, cuentahabientes. Si palomean más de tres de estas señales, es momento de encender las alarmas:
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[ ] Revisan los correos del trabajo desde la cama por pura culpa.
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[ ] Les cuesta muchísimo trabajo desconectarse y disfrutar de sus vacaciones sin sentir que deberían estar produciendo.
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[ ] Experimentan una ansiedad horrible cuando ven un hueco libre en su agenda.
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[ ] Sienten que descansar es de gente floja o que «no se lo han ganado».
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[ ] Terminan una tarea importante y, en lugar de festejar, ya están estresadas por la siguiente.
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[ ] Necesitan estar activas u ocupadas todo el tiempo para sentir que valen algo.
El costo para las empresas y para su salud es altísimo, cuentahabientes. Esto detona niveles brutales de burnout, insatisfacción crónica, rotación constante y ese terrible «presentismo digital» donde la gente se conecta 12 horas solo para demostrar disponibilidad, aunque su rendimiento real decaiga por completo.
¿Cómo curar la obsesión por el rendimiento infinito?
¡La buena noticia es que sí podemos ganarle la batalla a la «Productivity Dysmorphia»! Aquí les dejo cuatro estrategias básicas para empezar a aplicar desde hoy:
- Cambien la pregunta al final del día: En lugar de torturarse pensando ¿qué me faltó hacer?, comiencen a preguntarse ¿qué impacto generé hoy?. La productividad real no se mide por el número de pendientes tachados, sino por el valor real que aportan. Moverse mucho no es avanzar; la actividad es movimiento, pero la productividad es impacto.
- Lleven un «Registro de Logros»: Al terminar su jornada laboral, anoten en una libreta todas esas cosas invisibles que lograron: las conversaciones difíciles que manejaron, las personas a las que ayudaron, los riesgos que evitaron y las decisiones complejas que tomaron. Esto entrena al cerebro para ver la realidad completa.
- Definan su concepto de «Suficiente»: Si no ponen una línea de llegada clara para su día, cualquier resultado les va a parecer poco. Elijan tres pendientes críticos por la mañana. Si logran cumplir esos tres, el día se declara oficialmente como exitoso y se vale cerrar la computadora sin culpas.
- Entiendan que descansar también es producir: El cerebro no es una máquina industrial que puede operar al 100% de forma ininterrumpida. Los estudios de desempeño cognitivo demuestran que las jornadas excesivas destruyen la creatividad, nublan la toma de decisiones y disparan los errores. Descansar es el combustible que necesitan para volver a brillar.
La gran paradoja de todo esto es que las personas que sufren de dismorfia de productividad casi nunca son las que rinden poco; por el contrario, ¡suele atacar a las mujeres más trabajadoras, perfeccionistas y capaces!
No permitan que su identidad se disuelva en lo que producen entre las 9 de la mañana y las 6 de la tarde. Su valor es inmenso por lo que son, no por cuántas tareas logran completar en el día.
Especialista: Julieta Manzano. 30 años de experiencia en Recursos Humanos con Maestría en el ITAM y en Ashridge, Londres. Es responsable de nuevos negocios, negociaciones comerciales y desarrollo de nuevos productos en Mercer México. Conferencista y autora del libro «Street Smart. ¿Cómo descifrar el líder que puedes ser? y Diseñadores del Futuro.
TW y LinkedIn: @julietamanzano / FB, IG: @julietamanzanooficial / WEB: www.julietamanzano.com / Teléfono para conferencias: 55-4571-1852