¿Por qué la gente buena toma decisiones injustas? El autoengaño moral al descubierto

La gente buena toma decisiones injustas y esto es una verdad universal. Les contamos las razones por las que muchas veces nos engañamos pensando que nosotros no lo haríamos pero, sí.

octubre 15, 2026

¿Alguna vez se han cachado haciendo algo cuestionable mientras se repiten por dentro: “bueno, pero es que yo soy una buena persona”

A ver, la verdad por delante: prácticamente nadie se despierta por la mañana diciendo: “Hoy voy a fregarme a alguien” o “hoy voy a cometer una injusticia”. Para nada. Todas nos contamos una historia comodísima y súper halagadora: somos trabajadoras, amamos a nuestra familia, ayudamos cuando podemos y siempre intentamos hacer lo correcto.

Sin embargo, en el día a día podemos discriminar a alguien en una entrevista de trabajo, tapar una trampa en la oficina, llamar a un amigo con influencias para saltarnos una fila interminable o exigirle a los demás una rectitud impecable que nosotras mismas negociamos según nos convenga.

¿Por qué la gente buena toma decisiones injustas?

El verdadero peligro está en que sentirnos personas intachables no garantiza que nuestras elecciones sean justas. Muchas veces, nuestra supuesta bondad se convierte en el escudo perfecto: “Si yo soy buena, seguro tengo una razón de peso para hacer esto”. Explicar por qué actuamos mal jamás equivale a justificarlo. Por eso, aquí les desgloso los mecanismos psicológicos con los que nos autoengañamos y cómo desactivarlos.

Obediencia: cuando le regalas tu criterio a alguien más

“Me lo pidió mi jefe”, “así dice el manual”, “yo solo sigo instrucciones”. Frases típicas con las que nos lavamos las manos y le endosamos la responsabilidad moral a una figura de poder.

La obediencia ciega nos empuja a traicionar nuestros propios valores, convenciéndonos de que nuestra única tarea es acatar órdenes. En la vida diaria, esto se traduce en maquillar un reporte, excluir a una compañera o callar ante una irregularidad por miedo a perder la chamba. Obedecer coordina equipos, sí, pero jamás sustituye la ética personal.

  • El dilema: Tu jefe te pide “ajustar” cifras para ocultar errores graves que perjudican a clientes. La acción injusta es alterar los datos escudándote en que la culpa es de él.
  • ¿Qué hacer?: Pidan siempre las instrucciones por escrito, expongan el problema con argumentos técnicos y recurran a canales formales y seguros. Claro está, las empresas tienen la obligación de brindar protección real; no se le puede exigir un heroísmo suicida a quien vive en precariedad laboral.

Presión social: cuando encajar le sale carísimo a un tercero

Muchas injusticias florecen simplemente porque nadie quiere ganarse el título de “la conflictiva” del grupo. Una burla se normaliza, un comentario machista o clasista se disfraza de “humor” y una práctica abusiva se tolera bajo el pretexto de que “aquí siempre se ha hecho así”.

A esto se le conoce como desconexión moral: cuando todos participan, sentimos que nuestro granito de arena al daño no cuenta. Pero ojo, que la burla sea colectiva no le quita ni un miligramo de dolor a quien la recibe en la cara.

  • El dilema: En el chat de la oficina circulan memes humillantes sobre el cuerpo o el acento de una compañera. Sumarte con risas para pertenecer al círculo es una complicidad injusta.
  • ¿Qué hacer?: Frenen en seco. Dejen de interactuar, manifiesten con firmeza que el comentario está fuera de lugar y brinden respaldo en privado a la persona afectada.

Privilegios: confundir ventaja con mérito

Es facilísimo aplaudir nuestros triunfos asumiendo que son puro fruto del sudor de nuestra frente, mientras juzgamos las dificultades ajenas como “falta de ganas”. Crecer con estabilidad económica, tener tiempo libre o contar con una red de contactos cambia por completo las oportunidades. Reconocer esas ventajas no desmerece nuestro esfuerzo; simplemente nos aterriza en la realidad. El error garrafal ocurre cuando usamos nuestra experiencia como regla universal: “Si yo pude sola, cualquiera puede”.

  • El dilema: Tienes un contacto en una oficina de gobierno que te puede adelantar un trámite brincándote a personas que llevan meses esperando.
  • ¿Qué hacer?: Utilicen sus contactos para pedir información, asesoría u orientación, no privilegios ilegítimos. Si de verdad existe una urgencia, debe tramitarse por las vías institucionales que estén al alcance de cualquier ciudadana en idéntica condición.

Doble moral: contexto para mí, condena para ti

Cuando nosotras llegamos tarde o decimos una mentirita piadosa, decimos: “es que fue una situación complicadísima”. Pero cuando lo hace la de enfrente, sentenciamos: “es una irresponsable y una deshonesta”.

La doble moral muta de acuerdo con quién sale beneficiada. Aplaudimos las reglas generales hasta que nos toca pedir una excepción particular. La prueba de fuego es facilísima: ¿defenderían esa misma decisión si beneficiara a una completa desconocida y perjudicara a la persona que más aman?

  • El dilema: Como directiva, tu sobrino concursa por una vacante en tu área y decides adaptar el perfil del puesto para asegurar su contratación.
  • ¿Qué hacer?: Declaren el conflicto de interés de inmediato y retírense del comité evaluador. Su familiar tiene derecho a competir, pero a través de un proceso independiente y parejo.

Las justificaciones: cambiarle el nombre al daño

Nuestra mente es experta en maquillar la realidad para no sentir culpa:

  • “Es por su bien”: para tapar control o maltrato.
  • “No fue para tanto”: evaluando la herida desde la comodidad de quien la provocó.
  • “Hay gente que hace cosas peores”: una comparación tramposa para eludir la autocrítica.
  • “Ella se lo buscó”: culpando abiertamente a la víctima.
  • “Con todo lo que hago por los demás…”: creyendo que las buenas obras nos dan puntos para portarnos mal impunemente.

Un ejemplo clarísimo: la persona que dona miles de pesos a casas hogar y fundaciones, pero le regatea el sueldo a la trabajadora del hogar o le exige horas extras sin paga. Un regalo navideño no sustituye un salario digno ni compensa el abuso de horario.

El filtro definitivo: 5 preguntas antes de decidir

Cuentahabientes, la próxima vez que se encuentren en una encrucijada, hagan una pausa obligatoria y respóndanse estas cinco preguntas con la mano en el corazón:

  • ¿Quién se lleva el beneficio y a quién le cae el costo de esto?
  • ¿Estoy llamando a las cosas por su nombre o estoy endulzando la narrativa para no sentir culpa?
  • ¿Aceptaría este mismo criterio si los papeles estuvieran invertidos?
  • ¿La persona afectada tiene la libertad de decirme que NO sin sufrir consecuencias o represalias?
  • Si ya metí la pata y causé daño, ¿qué tengo que hacer exactamente para repararlo?

La buena voluntad individual es frágil; por eso las empresas y la sociedad necesitan reglas claras, transparencia y sistemas que castiguen el abuso. Dejemos de obsesionarnos con la etiqueta de “ser buenas personas” y empecemos a preguntarnos con absoluta crudeza: ¿esta decisión es justa para quienes van a vivir sus consecuencias?

Especialista: Tito Garza Onofre. Abogado especializado en filosofía. Investigador en la UNAM, profesor en el ITAM y El Colmex. Autor del Best Seller No estudies Derecho.

Redes Sociales: @garza_onofre

únete a nuestra comunidad

octubre 15, 2026