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¿Por qué «hacerse de la vista gorda» con los problemas de México?

hacerse de la vista gorda

septiembre 9, 2026

El costo invisible de «hacerse de la vista gorda»: Max Kaiser nos explica por qué normalizar lo incorrecto nos está arruinando.

Oigan, cuentahabientes, ¿cuántas veces han presenciado algo que saben perfectamente que está mal, pero prefieren voltear a otro lado para no meterse en problemas? «Total, no me afecta directamente», pensamos muchas veces. Pero les tengo una noticia: en una empresa, en una institución, en la familia y en todo un país, hacerse la que no ve tiene un precio altísimo que terminamos pagando todas.

Les vamos a explicar un tema que nos urge poner sobre la mesa: el verdadero costo de normalizar lo incorrecto, de guardar silencio frente a los abusos y de creer que, mientras no nos toque a nosotras, no es nuestro problema.

El “no pasa nada” no es inocente: es el problema principal

A ver, hay una diferencia abismal entre cometer una falta por error y construir una cultura donde romper las reglas ya ni nos despeina. El verdadero caos empieza cuando frases como estas se vuelven nuestra respuesta en automático:

  • Así funcionan las cosas aquí.
  • Son $200 pesos, ¿qué tanto es?
  • Si no lo hago yo, alguien más lo va a hacer.
  • Tengo un conocido que me lo arregla rápido.
  • No seas exagerada, no pasó nada.
  • ¿Para qué denuncio si igual no pasa nada?

Ojo con esto, cuentahabientes: una sociedad no pierde el Estado de derecho únicamente cuando un político o un empresario roba millones de dólares. Lo pierde cuando todas empezamos a asumir que la ley es opcional si se tiene dinero, contactos o el suficiente cinismo. La cultura de legalidad depende de que exista una condena social real al romper la norma.

¿Dar una «mordida» es corrupción chiquita?

Jamás. Puede sonar a un monto pequeño en cantidad, pero sus consecuencias son demoledoras. Imagínense que las para un agente de tránsito en su coche por una infracción y, en lugar de asumir la responsabilidad y pagar la multa que corresponde, dicen: “¿Cuánto para que nos arreglemos aquí directo?”. Parece que solo están resolviendo un imprevisto, pero en realidad están aceptando una transacción donde quien tiene efectivo puede comprar un trato diferente frente a quien no lo tiene.

La corrupción rompe la igualdad. Y atención aquí: esto no es responsabilidad exclusiva del ciudadano. Hay todo un sistema que tolera, incentiva y permite que ese intercambio ocurra.

El clásico “tengo un contacto” también rompe el juego

Un ejemplo todavía más cotidiano que vivimos todo el tiempo:

  • Dos personas necesitan realizar exactamente el mismo trámite. Una llega temprano, hace su fila, lleva sus papeles en orden y espera pacientemente su turno.
  • La otra le habla a un conocido: “Oye, ¿me echas la mano? Tú conoces a alguien adentro”, y consigue pasar antes.

Quizá nadie se robó dinero público en ese instante, pero alguien recibió un privilegio indebido que no estaba disponible para los demás bajo las mismas reglas. La corrupción no consiste únicamente en llevarse recursos públicos; también es usar una posición, una relación o una palanca para obtener una ventaja tramposa. Por eso el tráfico de influencias, el conflicto de interés y el abuso de poder son el corazón del problema.

Colarse en la fila no es una viveza, es falta de integridad

¿Qué tiene que ver colarse en una fila con los grandes escándalos de corrupción? Absolutamente todo. Una fila representa una regla social básica y justa: todas tenemos el mismo derecho y debemos esperar nuestro turno.

Cuando alguien se cuela y las demás lo permitimos, estamos validando una idea peligrosísima: que las reglas existen, pero se pueden brincar si nadie hace el suficiente ruido. Esa misma lógica, llevada a escala gubernamental o corporativa, se convierte en:

  • Sí, la licitación dice una cosa, pero vamos a arreglarla por fuera.
  • Sí, la ley exige esto, pero tenemos un conocido adentro.
  • Sí, no se puede, pero nadie nos va a sancionar.”

La conducta cambia de tamaño, pero la lógica podrida es exactamente la misma.

La trampa del silencio: ¿qué pasa cuando no denunciamos?

Existe una brecha enorme entre decir “yo no cometí la ilegalidad” y “vi una trampa y decidí que no era mi asunto”. Cuando nadie levanta la voz, el sistema aprende algo nefasto: que puede actuar sin ninguna consecuencia.

Se genera un círculo vicioso tremendo: Corrupción → No denuncia → Impunidad → Cinismo → Más corrupción. Y entonces aparece el peor aprendizaje para todas nosotras como ciudadanas: “¿Para qué voy a hacer las cosas bien si al que las hace mal no le pasa absolutamente nada?”.

El costo no es solo moral: golpea directo al bolsillo

La corrupción cotidiana no se queda en el billete que se le dio a alguien en la calle. Es un sistema defectuoso que le transfiere costos enormes a los ciudadanos y a las empresas, genera brechas de desigualdad gigantescas y provoca que acceder a un derecho o servicio básico dependa de cuánto dinero se pueda pagar o a quién se conozca.

¿Las grandes mafias empiezan con esto?

Es verdad que la corrupción de gran escala requiere estructuras complejas, funcionarios, empresas y redes de complicidad. Sin embargo, las pequeñas faltas cotidianas ayudan a normalizar la idea de que las normas son negociables.

La tolerancia social desmantela la cultura de legalidad. El dilema real no es si por pasarse un alto mañana alguien va a saquear un banco; el dilema es: ¿qué tipo de sociedad construimos cuando premiamos constantemente al que encuentra la forma de saltarse la regla?

El costo más peligroso: que la persona honesta parezca la ingenua

Cuando una sociedad normaliza estas conductas, ocurre algo perverso: la persona que cumple las reglas empieza a sentirse como la tonta del cuento.

  • La que hace fila pierde el día entero.
  • La que no da mordida pierde la mañana.
  • La que no tiene palancas espera meses.
  • La que denuncia termina metida en problemas.
  • La que no hace trampa se queda atrás.

El mensaje que se envía es brutal: ser honesta tiene un costo, mientras que hacer trampa tiene recompensa. Y si ese es el incentivo, cada vez menos personas van a querer jugar limpio.

La reflexión final

Cuentahabientes, el Estado de derecho no se rompe únicamente cuando un político roba millones en las noticias. Se desgasta todos los días cada vez que aceptamos que la regla aplica para los demás, pero para nosotras es negociable.

El verdadero costo de decir «no pasa nada» es que, después de suficiente tiempo, sí pasa: dejamos de confiar, dejamos de exigir y terminamos creyendo que vivir al margen de la ley es simplemente «cómo funcionan las cosas». La impunidad solo gana cuando nosotras decidimos cerrar los ojos. ¡A ponernos las pilas y empezar a cambiar la conversación desde nuestra trinchera!

Especialista: Max Kaiser. Creador de Factor Kaiser y cofundador de Escuela de Ciudadanos. Miembro de Global Future Council del World Economic Forum (WEF). Autor de Lo Que Diga Tu Dedito (con Paco Calderón).

TW: @MaxKaiser75 @factorkaiser / IG: @MaxKaiser75 / Yt: @factorkaiser / FB: max.kaiser.3576 / WEB: escueladeciudadanos.org

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