¿Por qué nos aterra la claridad en las relaciones? Hoy les vamos a contar todo sobre la incertidumbre y cómo nos atrae.
¿Les ha pasado que hay química, conexión, todo pinta bien y justo cuando toca definir, dices “vamos a ver qué pasa”? O peor: sabes que no es para ti, pero, ¿te quedas ahí? Hoy vamos a entender por qué preferimos evadirnos a hablar claro, obvio con Mario Guerra, nuestro rockstar del amor.
Actualmente hay una tendencia que se llama Clear-Coding y que básicamente dice: se acabaron los juegos de adivinanza en las citas. Di lo que quieres desde el minuto uno.
Según datos de Tinder, el 64% de las personas que usan apps de citas dicen que lo que más hace falta es honestidad emocional, y el 60% pide comunicación más clara sobre intenciones. Bumble reporta que casi la mitad de sus usuarios (el 44%) considera que la comunicación inconsistente es la señal más clara de que una conexión no va a funcionar.
O sea: la gente está harta de descifrar mensajes. Eso ya lo sabíamos. Lo que nadie te dice es por qué, si todos estamos de acuerdo en que la claridad es mejor, nos cuesta tanto practicarla.
Y aquí está la tesis de hoy: «vamos a ver qué pasa» es la frase más democrática del mundo de las citas. La usa tanto el que sabe que sí y no se atreve a decirlo, como el que sabe que no y le conviene no decirlo. Misma frase, motivaciones completamente opuestas, y un resultado idéntico: nadie sabe dónde está parado. Y esa ambigüedad no es casualidad ni es comodidad: es un mecanismo emocional que viene de mucho más atrás que tu última cita.
¿Por qué nos aterra la claridad en las relaciones?
Vamos a ponerle nombre a los dos perfiles que se esconden detrás de esta frase, porque reconocerlos cambia completamente la conversación.
Perfil 1: «Sé que quiero, pero me da miedo decirlo»
Este es el que ya tiene claro que le gusta alguien, que quiere algo estable, que está listo para comprometerse… pero no lo dice. ¿Por qué? Porque decir «quiero algo serio contigo» es ponerte en una posición donde la otra persona puede decirte que no. Y ese rechazo explícito duele mucho más que el rechazo ambiguo. Cuando no dices lo que quieres y la cosa no funciona, tu cerebro tiene con qué consolarse: «es que no se dio la oportunidad», «no me conoció bien.» Pero cuando lo dices y te rechazan, no hay dónde esconderse.
Entonces esta persona elige la niebla. Dice «vamos a ver» porque la ambigüedad, aunque genera más ansiedad sostenida, evita ese golpe frontal al ego. Es un cálculo emocional: prefiero la angustia constante de no saber a los tres segundos de dolor que implicaría un «no».
Y hay algo más profundo operando. Desde la teoría del apego de John Bowlby, las personas que desarrollaron un vínculo ansioso en la infancia (aquellas cuyos cuidadores eran inconsistentes: a veces presentes, a veces ausentes) aprendieron que mostrar lo que necesitas es arriesgarte a que te ignoren. De adultos, esa lección se traduce en una dificultad enorme para pedir claramente lo que quieren en una relación. No es falta de interés; es un miedo aprendido a que tus necesidades no sean suficientemente importantes para la otra persona.
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Perfil 2: «Sé que no quiero, pero me conviene no decirlo»
Este es el otro lado, y es el que menos se habla. Aquí la persona ya sabe que esto no va a más. No está enamorada, no quiere compromiso, no ve futuro. Pero en lugar de decirlo, mantiene la ambigüedad porque mientras la cosa quede indefinida, sigue teniendo acceso a los beneficios: compañía, sexo, validación, no estar solo un sábado en la noche. «Vamos a ver qué pasa» no es una promesa (y esa es su coartada perfecta). Técnicamente no mintió. Pero emocionalmente, está manteniendo a alguien enganchado en una esperanza que sabe que no va a cumplir.
Y aquí el mecanismo es diferente. No es miedo al rechazo; es evitación del conflicto y, en algunos casos, conveniencia emocional pura. Decir «esto no va a funcionar» implica enfrentar la reacción del otro, tolerar su decepción, y perder los beneficios de la relación. Es más fácil dejar que las cosas se vayan diluyendo solas.
Desde la teoría del apego, este perfil conecta con el estilo evitativo: personas que aprendieron en la infancia que la cercanía emocional era incómoda o incluso amenazante. De adultos, quieren vincularse pero en sus propios términos, controlando la distancia, sin que nadie les pueda reclamar que prometieron algo. Un estudio de Omri Gillath, investigador de la Universidad de Kansas, publicado en Personality and Individual Differences, encontró que las personas con apego evitativo son significativamente más propensas a hacerse del rogar. No por estrategia romántica, sino porque mantener distancia es su forma automática de regular la ansiedad que les genera la intimidad.
Y luego está el tercero: «De verdad no sé qué quiero»
Este existe, pero es bastante menos frecuente de lo que creemos. Porque la mayoría de las veces sí sabemos lo que queremos; lo que no queremos es enfrentar las consecuencias de decirlo. Si te sientas cinco minutos a solas, sin el ruido del teléfono y sin las opiniones de tus amigos, casi siempre la respuesta está ahí. El problema no es la falta de claridad interna. Es la falta de valor para hacerla externa.
Entonces, ¿cómo se encuentran estos perfiles?
Y aquí viene lo que hace de esto un problema relacional y no solo individual: el perfil 1 y el perfil 2 se atraen entre sí con una precisión casi matemática. La persona que quiere pero no se atreve a pedir termina con la persona que no quiere pero no se atreve a decir que no. ¿Por qué? Porque la ambigüedad es el idioma que ambos hablan. Uno la usa para protegerse del rechazo, el otro la usa para evitar el conflicto. Y mientras los dos estén hablando en código, nadie tiene que enfrentar nada. El problema es que eso no es una relación: es un acuerdo tácito de no incomodarse mutuamente.
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El componente cultural que nadie quiere ver
Y aquí hay que hablar de algo que nos toca de cerca. En la cultura latinoamericana, históricamente se ha premiado la ambigüedad en el cortejo (sobre todo en las mujeres). «No le muestres que te gusta tanto», «haz que te ruegue», «no seas tan fácil.» Estas frases, que muchas escuchan desde adolescentes, no son consejos de seducción: son instrucciones para desconectarte de tu propia honestidad emocional. Son una forma de decir: tus necesidades reales no son presentables, hay que empacarlas bonito.
Pero a los hombres también les toca lo suyo. «Si le dices lo que sientes, pierdes el poder.» «No te pongas intenso.» «Que ella sea la que busque.» Otro juego de máscaras, misma consecuencia: dos personas que se gustan actuando como si no les importara tanto.
Pero ojo: no toda precaución es evitación
Aquí necesitamos una salvaguarda importante, porque si no, este tema se puede usar como etiqueta para descalificar a alguien. «¡Eres evitativo!» no es un diagnóstico que se lance en una cena.
Hay una diferencia entre prudencia y evitación. La prudencia dice: «Me gustas, quiero conocerte mejor antes de definir algo, y te lo estoy diciendo.» La evitación dice: «Vamos a ver qué pasa» y por dentro piensa: «Ojalá las cosas se definan solas sin que yo tenga que arriesgar nada.»
Y hay una diferencia entre precaución y conveniencia. La precaución dice: «Necesito más tiempo para saber qué siento, y te lo estoy comunicando.» La conveniencia dice: «Sé que esto no va a más, pero mientras sigas aquí, me es útil que no lo sepas.»
En los dos casos, la diferencia está en la transparencia. La persona honesta comunica su proceso aunque sea incómodo. La persona ambigua esconde su proceso detrás de frases que suenan maduras pero que en realidad son cortinas de humo.
¿Cómo pasar del «ver qué pasa» al «esto es lo que quiero» (o al «esto no es lo que quiero»)?
Estos son 3 ejercicios concretos que aplican para los dos perfiles, porque al final el problema de fondo es el mismo: la dificultad de ser transparente.
El ejercicio del espejo de 30 segundos. Antes de tu próxima cita o conversación importante, mírate al espejo y di en voz alta lo que realmente quieres. No la versión diplomática. La real. «Quiero una relación estable.» «No quiero nada casual.» «Me gusta esta persona y quiero que lo sepa.» O también: «Esta persona me cae bien pero no la veo como pareja.» «Estoy aquí por comodidad, no por convicción.» Si no puedes decírtelo a ti, difícilmente se lo vas a poder decir a alguien más. El acto físico de escuchar tu propia voz diciendo tu verdad reduce la ansiedad de decirlo después frente a otra persona.
La regla del 10-10-10. Cuando estés a punto de ocultar lo que sientes por miedo a la reacción del otro, pregúntate: ¿Qué consecuencia va a tener este silencio en 10 minutos? Probablemente comodidad. ¿En 10 meses? Probablemente una situación mucho más enredada y dolorosa que la que intentaste evitar. ¿En 10 años? Probablemente ni te vas a acordar de la incomodidad de haber sido honesto, pero sí del tiempo que perdiste (o que le hiciste perder a alguien) por no haber hablado a tiempo.
La conversación de intenciones (sin presión pero sin trampa). No tiene que ser una declaración solemne. Puede ser tan simple como: «Oye, me la paso bien contigo y me gustaría saber si estamos en la misma página.» U: «Oye, me caes muy bien, pero quiero ser honesto: no estoy buscando algo serio.» Eso no es ser intensa ni ser cruel. Eso es ser adulto. Y si la otra persona se espanta con una pregunta directa, o si se enoja porque le dijiste la verdad, esa reacción ya te está dando información valiosa que de otra forma te habría tomado meses descubrir.
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En resumen…
La claridad no es el enemigo de la conexión. Es su requisito. Cada vez que dices «vamos a ver qué pasa» cuando ya sabes la respuesta (sea sí o sea no), no estás protegiendo la relación: estás protegiendo tu comodidad. Y tu comodidad no necesita más protección. Lo que necesita atención es tu capacidad de decir lo que sientes sin pedirle permiso a tu miedo.
Porque al final, el mejor filtro no es un algoritmo, ni una estrategia de seducción, ni esperar tres días para contestar un mensaje. El mejor filtro es tu honestidad. Y el match más importante no es el que te da una app: es el que ocurre cuando lo que dices se parece a lo que realmente está pasando adentro de ti. Para bien o para mal. Pero de verdad.
Especialista: Mario Guerra. Tanatólogo, conferencista y Business Coach.
IG: @marioguerra / Web: marioguerra.mx / FB: Mario Guerra